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Alas cruzadas

Alas cruzadas

Por Hamlet Alcántara

Cuento incómodo sobre el Avión Presidencial

Al despertar, lo primero que hizo fue darse cuenta que había ganado el avión presidencial. Una alerta de su Iphone le espantó el sueño. Le anunciaba que la Lotería Nacional le mandó un correo. 

“Nos complace informarle que su boleto de lotería, número 54692 ha sido el ganador del Avión Presidencial. Usted 3 días para recoger el premio”.

No podía creerlo.

El dolor de cabeza que traía por la cruda, le exigía un par de minutos de sueño más.  

Comenzó a recordar a Star, la teibolera en la que invirtió sus últimos 100 dólares, y a la que prometió llevarla a pasear por el mundo en avión.

  • Me caes bien, te he agarrado mucho cariño, pero…
  • ¿Pero qué? ¿Es por el padrote que te maltrata? Ya te dije que le voy a partir su madre y nos vamos a recorrer el mundo, – buscó en su pantalón de mezclilla deshilachado el boleto de lotería –mira compré un boleto y me voy a sacar el Avión Presidencial.

Star se caracajeó. ¿De verdad crees que van a rifar ese avión? Eso es una pinche transa de los políticos para sacar más lana. Ya no saben cómo robar.

La mesera llegó con cervezas. ¿Qué onda Teo? Ya mejor paga para que vayan al privado.

  • Está cabrona de la Star siempre me batea. Me la quiero llevar en avión por el mundo, y no me cree que se pilotear.
  • Nunca me enseña su licencia de piloto aviador –respondió Star tambaleándose.  
  • Cómo chingados que no. Mira Katia traje mi licencia de aviación y el boleto de lotería. Me voy a sacar el Avión Presidencial para robarme a esta cabrona –le dijo a la mesera, mostrándole una vieja licencia de piloto privado que obtuvo en Culiacán, cuando trabajaba con sus primos fumigando hortalizas con la avioneta de su tío.
  • No chingues Teo esa pinche licencia está bien vencida, y aparte es de Sinaloa, aquí estamos en Tijuana. Ya mejor váyanse al privado. El Gerente ya me dijo que sino Star va a tener que subir a la pista, y aquel pinche chino de allá espera eso para pegarle una manoseada. Nomás te la pasó al costo.
  • Pinche oriental, ahorita mismo le parto su madre –Teo levantó sus cien kilos de peso de una y tiró varias botellas vacías que se estrellaron en el piso pegajoso y se rompieron.

Teo se sostuvo de Katia la mesera para no caerse.

  • Anda vamos. No quiero que me toque el chino ese. Apesta a mugre.

En el privado, Teo le notó cicatrices en los pezones y varios moretones en el cuerpo, que casi le borran el tatuaje de una rosa cerca de su ombligo.

  • Ves te volvió a golpear ese hijo de la chingada –le dijo mientras recorría sus pezones lastimados con sus dedos manchados de grasa y aceite del taller.
  • Olvídalo. Mira me hice un nuevo tatuaje pensando en ti –movió su tanga negra para que Teo pudiera ver un avión pequeño, cerca de donde nacían sus vellos púbicos rubios recién rasurados –está en tu zona favorita.

Acarició el tatuaje del avión, hizo a un lado la tanga, la recostó en el sillón de piel.

La lengua de Teo pronto hizo estallar a Star en un orgasmo.

Con sus labios recorrió el cuello de la bailarina, y su dedo índice derecho tomó el lugar que instantes antes tenía su lengua.

  • ¿Si tanto me disfrutas porque no te vas conmigo y te alejas de ese hijo de perra?

Star seguía excitada y le costaba trabajo hablar, “ya te he dicho que no me gustan las mujeres”, respondió mientras contenía los gemidos, y encajaba sus largas uñas color verde limón en la gruesa espalda de Teodora.

  • ¿Y si me sacó el Avión Presidencial?
  • Ya veremos –Star sonrió.  

Todavía borracha por el sexo con Star y las cervezas que se tomó, Teodora intentó despabilarse. Se levantó y volvió a checar su correo. No era un sueño, ganó el Avión Presidencial.

Se lavó la cara, se hizo una cola y le marcó a Star.

  • Mija te lo dije, me saque el Avión Presidencial. Nos tenemos que ir en chinga a México por él. 
  • ¿En serio? Me estas cotorreando –la bailarina no podía contener su emoción.
  • Ahorita te caigo en tu casa.

Colgó apresurada. Se dio un baño de cinco minutos, con el que consiguió cambiarle el tono a las manchas de aceite y grasa, de sus manos, de negro a gris claro.

Agarró las llaves de su Toyota Corolla 86 color crema, y se persignó para que no le fuera a fallar el motor de arranque. Batalló para cerrar la puerta descuadrada y para encenderlo.

Un estallido y la nube de humo blanco que aventó el mofle anunciaron que el carro estaba listo para llevarla a casa de Star.

Al llegar, escuchó los gritos de Star.  

  • Hijo de la chingada –murmuró y agarró el bastón de seguridad de su carro.

La puerta estaba sin cerrojo. Teo entró.

  • ¡No la toques cabrón!
  • ¿Le llamaste a tu pinche machorra para que te defendiera? – fue lo último que alcanzó a decir el Chinola, antes de que Teo se le fuera encima, y le partiera la cabeza con el bastón de su carro.   

El Chinola quedó tirado con la cabeza en medio de una mancha de sangre que tiño la alfombra de imitación cebra.

  • ¿Lo mataste?
  • No sé, pero mejor vámonos de aquí antes de que se deje venir su gente.

Star fue a su recámara, agarró su dinero, una bolsa de mano y metió las primeras prendas de ropa que tuvo a la mano.

Teo manejó rumbo al aeropuerto.

  • Ya tengo todo planeado mi amor. Vamos por el avión a la Ciudad de México y lo llevamos a Badiraguato. Ya mi tío lo tiene apalabrado con un buchón de ahí. Me van a dar tres millones de pesos por él, y una avioneta para fumigar.
  • ¿Y cómo piensas llevarlo a Sinaloa? –Star trataba de revisar el boleto y el mensaje del celular que Teo le prestó para que se convenciera y pagara los boletos de avión.
  • Pues yo mera. Ya te dije que tengo licencia de piloto privado – le respondió Teo y le volvió a sacar la licencia vencida de aviación, con una foto borrosa de 15 años atrás, se veía delgada y con el cabello corto.

En el aeropuerto Star compró unos lentes oscuros. De esos con círculos grandes para que le taparan los moretones, y una pomada para la hinchazón, pero ni así pudo evitar las miradas curiosas.

Teo hablaba por celular.    

  • La suerte está de nuestro lado mamacita. Me acaban de llamar de la Lotería Nacional, nos van a hospedar en un hotel en Reforma, y nos van a llevar a conocer al Presidente de la República.

El hombre de la lotería era obeso, con una papada desparramada. Las recibió en el hotel comiendo una torta cubana, y en minutos quedó hipnotizado por el movimiento de las nalgas de Star.

Se instalaron y las llevó a conocer el avión.

  • Estos políticos sí que se dan la gran vida –dijo Star al ver el lujo del avión.
  • Así es mi reina –intervino el tipo de la Lotería Nacional, dándole otro bocado a su torta y tragándose con la mirada a la bailarina.
  • Me imagino que ya me lo puedo llevar –Teodora trató de contener la rabia por el grasiento hombre que ya le había violado con la mirada a Star más de una vez.
  • Bueno primero tendrían que traer un piloto autorizado, además le recomiendo que espere a mañana, el Presidente quiere felicitarla en persona. 
  • Soy piloto privado –Teo sacó su vieja licencia, y el tipo de la lotería contuvo la risa.
  • Con los controles que le entregue puede llevarse el avión cuando quiera, pero vuelvo a pedirle…
  • Si ya sé. El Presidente quiere vernos.

Regresaron al hotel. Teo no pudo contenerse y se le fue encima como un pulpo a Star. Le quitó la blusa y comenzó a chuparle los pezones. La bailarina gimió.

Un mensaje en el celular de Star las interrumpió.

  • Ya sé dónde estás con la pinche machorra esa. No se la van a acabar –era un mensaje del Chinola, con fotos del hotel. 
  • Tenemos que irnos. Nos encontró.
  • Vamos por el avión y volamos a Badiraguato.
  • Pero…
  • Me vale madre el Presidente. Ese cabrón nos va a encostalar.

El final de esta historia se pierde en el tiempo: Las enamoradas se la arreglaron para huir por la puerta trasera y robar el avión.  

Se convirtieron en nota internacional. Algunos medios publicaron que en el hangar hubo un tiroteo, pero el avión logró despegar, cruzó a territorio norteamericano y fue derribado por los gringos.

Otros publicaron que el avión llegó a Badiraguato y en la sierra se perdió.

Teo, Star y el avión desaparecieron sin dejar rastro.

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